sábado, 10 de septiembre de 2011

EURO-EUROPA ADOPTA LOS ESTÁNDARES ALEMANES


La política de los países periféricos, condicionada por Berlín

Publicado el viernes 2 de septiembre de 2011
Antonio Sánchez-Gijón.–   Primero la crisis financiera se convirtió en una crisis económica. Ahora la crisis económica se ha convertido en una crisis política. ¿Cómo se puede llamar, si no, a que el Parlamento español haya de reformar la Constitución para demostrar que va a estar en el futuro en condiciones de hacer frente a sus deudas, y poder así seguir recibiendo recursos financieros que gastará en parte en pagar, y en parte aplicará a reavivar su desfalleciente economía? ¿No es cierto también que la crisis económica ha sacudido los equilibrios de poder europeos, de tal modo que Alemania es hoy el centro de gravedad económica, y que eso le da influencia y peso para determinar el curso de Europa, o adoptar un curso propio separado de ella si así lo prefiere?
Un "poder geoeconómico", llama Hans Kundnani, director editorial del European Council on Foreign Relations, a la Alemania de la canciller Merkel.
La naturaleza política de la crisis quedó subrayada aún más el pasado miércoles cuando el consejo de ministros presidido por la Sra. Merkel aprobó el aumento de la participación alemana en el Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, y a la salida del consejo el ministro de Hacienda, Wolfgang Schäuble se permitió advertir que los créditos del FEEF sólo se concederán a los países que presenten "un programa de reforma". Si consideramos que todos los otros países de la zona euro contribuirán hasta el 73% del fondo, y Alemania sólo lo hará con el 27%, cabe preguntarse por qué atribuimos a Alemania un poder casi omnímodo.
Yo me atrevería a proponer la siguiente hipótesis: llega un momento en el desarrollo técnico y social de las naciones en que todas consideran útil regirse por un mismo patrón o stándard para las funciones esenciales de la producción económica o social: una vez fue el sistema de mediciones en la navegación, al adoptar  las naciones marítimas el patrón inglés, y otra vez fue la adopción por las naciones continentales del sistema métrico decimal, siguiendo el patrón francés.
En los dos casos, los patrones adoptados fueron tomados de potencias en el goce de su máximo prestigio e influencia. Hoy el patrón de la gobernación económica y fiscal (reconozcámoslo humildemente en el resto de Europa) lo sienta Alemania. Que también se halla en el auge (otro auge más en su historia) de su prestigio e influencia. Pero un prestigio cuya naturaleza exige alguna cualificación. Y esta cualificación dice que entre el poder económico y el poder político de Alemania se percibe como una disonancia, un no ajustado acorde entre la voz y el instrumento. Por lo menos esto es lo que muchos perciben. Veamos.
Se busca una brújula
A primeros de agosto, nada menos que el padrino político de Ángela Merkel, el ex canciller Helmut Kohl, dijo que Alemania "ha perdido la brújula". En marzo pasado el antiguo ministro de Asuntos Exteriores Joschka Fischer escribió que "Alemania ha perdido toda su credibilidad". Los dos. Kohl y Fischer, traslucían su rechazo a la decisión del gobierno alemán de no apoyar en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas la moción para ejercer el derecho de protección sobre la población libia amenazada por el coronel Gadafi, acusando a aquél de haber abandonado la política exterior tradicional que ligaba Alemania a sus aliados occidentales, para unirse en su abstención a potencias no aliadas (Brasil, Rusia, China). Esta idea la remachaba el ex ministro de Exteriores francés, Hubert Védrine, también sobre el mismo asunto de Libia: "Alemania ha retornado a su egotismo orgánico y está, como Francia, sólo preocupada por sus propios intereses nacionales".
Otro bloque de críticas y suspicacias se dirige a la actuación de Alemania en torno a la crisis del euro. Unos critican su falta de celo; así, el ex primer ministro británico, Gordon Brown, escribió hace pocos días en The New York Times que "la reciente falta de actuación de Alemania desde una posición de fuerza pone en peligro no sólo al país mismo, sino el proyecto entero del euro, que Alemania elaboró durante decenios". Otros critican lo contrario, el exceso de celo: así, el presidente de la República Federal, Christian Wulff, quien recientemente cuestionó la legalidad de la compra por el Banco Central Europeo de bonos soberanos de los países deudores de la zona euro. (Casi todos los anteriores testimonios traídos a Vds. por gracia de Der Spiegel).
No falta quien percibe como una falta de concordancia con Europa, acompañada de irreflexiva impulsividad, la renuncia definitiva a la energía nuclear anunciada hace poco por la Sra. Merkel y el cierre de todas las plantas, pocos meses después de que ella misma hubiese prolongado su vigencia, debilitando así la posibilidad de una política energética común europea. Esto, unido al énfasis creciente en el gas ruso como fuente energética principal de Alemania, ha suscitado la sospecha de una deriva de Alemania hacia el Este.
El consejo de ministros del pasado miércoles, sin embargo, dio muestras de conocer bien el rumbo, y lo ha marcado al decidirse, contra muchos pronósticos, a aumentar la contribución alemana al FEEF desde los 123.000  euros actuales a los 211.000 del fondo renovado. Con ello la Sra. Merkel se enfrenta a cierto riesgo político: el de que esta decisión gubernamental no sea aprobada por el Bundestag. El riesgo no es muy alto, sin embargo; en una cámara de 620 diputados, necesitará el 29 de septiembre, cuando la medida se ponga a votación, 311 votos para conseguir su aprobación. Pueden votar "no" (tal como están los cálculos al día de hoy) unos veinte o treinta diputados  cristianodemócratas, pero el gobierno puede contar, con mucha probabilidad, con los votos suficientes de socialdemócratas y verdes.
Los europeos quieren una Europa unida, pero no hay unión si no existe y se ejerce un poder centrípeto fuerte. La naturaleza de este poder puede ser benigna o maligna, pero no parece que el de Alemania, una nación que hasta recientemente se preciaba de ser "un poder civil", vaya a marchar sobre Europa, sobre todo cuando sus fuerzas armadas no son "contrincante" para las de Francia o Gran Bretaña. Alemania, sin embargo, posee una economía y una población muy superiores a las otras dos.
Y no le falta ascendiente  cuando se considera que, para crear el euro, comprometió en cierta medida la solidez del marco a favor de los países menos productivos de la famosa periferia europea, léanse los países mediterráneos e Irlanda. Los beneficios de la adopción de la moneda común alcanzaron a todos, sobre todo el de la facilidad de obtener créditos a precios inusualmente bajos en los países menos avanzados de la zona. Estos países, como sabemos muy bien,  sufrieron una especie de "mal de bajura" (de los intereses, claro), y de ahí las diferentes burbujas que han estallado en Grecia, España, Portugal, Irlanda, etc.
Lo que hace posible Alemania al aumentar el Fondo es consolidar el pago de los plazos de la deuda de cada euro-país, desde una media de siete años y medio a posiblemente cuarenta, a unos intereses medios de 3,5%, muy por debajo de los 6% o 7% que hoy afligen a algunos países del sur. La garantía, además, no tendrá ya base nacional, sino europea. Es lógico, pues, que el garante final, Alemania, imponga condiciones de naturaleza política a los que gocen de la famosa "facility" crediticia, y no porque el fondo lo haya formado ella en su mayor parte, que ya hemos visto que no, sino porque su economía política ha sido tomado por todos como el patrón o standard común.
Si Alemania es tomada, como parece que va a ser, como fuerza centrípeta de la unidad europea, toda nuestra preocupación es mantener en torno a ella el juego de fuerzas necesario para mantener la maquinaria rodando y en equilibrio. Para ello, cada país debe mantener su propio peso específico, y no volver a ponerse en riesgo de perderlo, condicionado por la fuerza centrípeta.

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