Publicado el 12 de agosto de 2011 en CapitalMadrid.com
Obama toma una decisión arriesgada al adelantar la retirada de fuerzas
El derribo de un helicóptero norteamericano CH-47 con la pérdida de 37 vidas, el pasado 6 de agosto en Afganistán, es un acontecimiento que no debe ser oscurecido por la crisis financiera que mantiene a Europa y a los Estados Unidos sumidos en zozobra. Este hecho nos recuerda que además del dossier económico-financiero, Occidente tiene otros problemas. Veinticinco víctimas del derribo pertenecían a la misma unidad (Navy Seals) que ejecutó el 2 de mayo pasado la operación contra ben-Laden, su entorno y su casa de Abbotabad, Pakistán.
La caída del helicóptero fue causada por un ataque de los talibán con una granada proyectada por cohete (RPG en vocabulario militar), lo que representa un importante avance táctico de los talibanes con respeto a sus temibles artefactos explosivos improvisados, que infestan las carreteras de Afganistán, también conocidas como "roadside bomb" o bombas de arcén. Una de éstas últimas mató ayer día 12 a cinco soldados de la coalición internacional.
El mazazo del helicóptero fue contrapesado rápidamente por un contragolpe aliado: en efecto, la escuadra talibán que realizó el ataque contra el helicóptero, entre ellos el individuo que efectuó el disparo, fue liquidada dos días después en una serie de bombardeos. Alivia saber que aún hay instituciones que tienen la capacidad legal y material de actuar resolutivamente.
También alivia saber que el "chivatazo" que permitió alcanzar a la escuadra talibán, que huía hacia Pakistán, fue dado por gente local, lo que constituye una relativa rareza entre la población afgana, temerosa de las venganzas talibanes o directa colaboradora de ellos. Una forma especialmente perniciosa de ataque talibán es el perpetrado por soldados y policías de unidades que colaboran con los aliados, y que traicionan a sus compañeros de armas. Arte que, por cierto, también practican muchos civiles, como el hombre de confianza de un alto funcionario del gobierno en Kandahar y hermanastro del presidente Karzai, al que asesinó, o los soldados que han vuelto sus armas contra sus compañeros en una serie larga de incidentes. Se sospecha que la salida del helicóptero de su base fue denunciada a los talibanes desde la base misma o sus alrededores.
Cuadro general de la guerra
Si lo contado hasta ahora son sólo detalles del boceto general del conflicto, toca ahora hacer un repaso al cuadro mismo de la guerra. Pintores y generales están de acuerdo en una cosa: se sienten más creativos si no les ponen plazos para terminar sus faenas; los unos aguardan que les llegue la inspiración, los otros esperan la confirmación de sus cálculos. No es el caso de Afganistán. Como es sabido, el presidente Obama anunció el pasado 23 de junio el comienzo de la retirada de los 33.000 soldados que él mismo había decidido enviar, como refuerzo de las fuerzas en presencia, en diciembre del 2009. Este plan preveía la permanencia del refuerzo hasta el 2014 por lo menos. Ahora, por la decisión del pasado junio, la retirada completa del refuerzo debe alcanzarse en 18 meses.
Los soldados suplementarios del plan del 2009 fueron llegando, transformaron ciertos aspectos de la campaña, mejoraron algunas cosas, pero no lograron darle un vuelco a la situación en tan corto espacio de tiempo. La campaña no ha alcanzado el punto que permita augurar un desenlace inminente de la guerra. Sin embargo, la naturaleza del combate y la configuración de los frentes de guerra sí se han transformado sustancialmente.
El concepto estratégico abrazado por el mando norteamericano consistía en adoptar doctrinas de contrainsurgencia o contraterrorismo, dependiendo de las condiciones objetivas de cada frente. Por ejemplo, en la región sur de Afganistán se aplicó una doctrina de contrainsurgencia, que supone la implicación directa aliada en la protección de la población y un grado más o menos intenso de reconstrucción civil. Esta fase de la campaña, y en esta parte al menos de Afganistán, ha sido razonablemente conseguida. El territorio del sur se ha despejado de concentraciones significativas de talibanes, y se ha comenzado a transferir las tareas de protección al ejército afgano, que en dos años ha pasado de 190.000 soldados a 300.000.
El este del país es otra historia. El refuerzo no daba para aplicar en esta parte del país la doctrina de la contrainsurgencia hasta que el sur hubiese quedado despejado. Solo entonces sería posible trasladar las fuerzas del sur al este. Pero la decisión del presidente Obama hará imposible ese refuerzo, por lo que la acción en el este quedará reducida a operaciones contraterroristas, puntuales y selectivas, particularmente contra la red talibán, conocida como Grupo Hakkani por el nombre de su líder.
Desde 2009 las regiones norte y nordeste de Afganistán se han visto arrastradas al conflicto, con la infiltración de grupos guerrilleros afganos y centroasiáticos, determinando un frente que por ahora muestra un grado menor de virulencia que el este. Pero para el norte no ha habido plan específico, excepto ir traspasando la responsabilidad al ejército afgano. Queda, así, abierta una arriesgada incógnita.
No es aventurado afirmar que la decisión del presidente Obama de adelantar la retirada de las tropas del refuerzo se ha debido a las conocidas presiones presupuestarias. Habrá que ver qué efecto produce ese debilitamiento de las fuerzas occidentales en presencia sobre el curso de la guerra. Es previsible una erosión de los logros militares alcanzados hasta ahora con tanto esfuerzo, al igual que está ocurriendo con los valores fiduciarios cotizados en la bolsa de Nueva York.
El problema es que tras el escenario de Afganistán se mueven fuerzas no menos oscuras y ominosas que las que sacuden los fundamentos mismos de las economías norteamericana y europea. Pensemos, a modo de ejemplo, en los dos o tres millones de jóvenes pakistaníes y afganos que se forman en las madrasas de Pakistán, en las que los talibanes de una y otra nacionalidad pescan reclutas para ataques suicidas y grupos de guerrilleros, sin que las autoridades pakistaníes quieran o puedan hacer nada para impedirlo o contrarrestarlo. Podíamos seguir señalando a la complicidad de Arabia Saudí en financiar esas escuelas y en colaborar con el gobierno pakistaní para propagar la clase de Islam favorable al espíritu de "yihad".. En resumen, el horizonte de seguridad de Occidente se muestra tan tormentoso como su horizonte financiero-económico. Por lo menos.
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