sábado, 2 de julio de 2011

PENDIENTES DE UNA ESTRATEGIA ESPAÑOLA DE SEGURIDAD

Publicado el 1 de julio de 12011

Geoestrategia

PENDIENTES DE UNA ESTRATEGIA ESPAÑOLA DE SEGURIDAD

El director del Gabinete del Presidente del Gobierno, el hombre más atareado de España

Antonio Sánchez-Gijón.- Lo primero que me pregunté cuando supe de la aprobación por el consejo de ministros, el pasado 24 de junio, de un documento titulado Estrategia Española de Seguridad, fue a qué venía en estos momentos presentar una tarea como la expresada bajo tan tersa denominación, y si es que hasta ahora no la habíamos tenido. Si el documento se hubiera titulado “Revisión de la Estrategia Española de Seguridad”, por ejemplo, o ”La Estrategia Española de Seguridad a la luz de lo Obstinado que es el Coronel Gadafi”, me hubiera sentido reconfortado al confirmar que las más altas instancias del poder no habían sido negligentes, y siempre habían tenido una ‘Estrategia’ que ahora actualizaban. Así que antes de sentirme aliviado respecto del futuro (por fin tenemos una estrategia de seguridad), me sentí alarmado por el pasado: cómo hemos podido vivir sin una.
Como se debe hacer en estrategia, lo primero que debe uno preguntarse es: ¿cuál es el contexto político en que aparece?  No me refiero al contexto de la seguridad global, a la luz de la “primavera árabe”, o la guerra de Afganistán, o cualquier otro acontecimiento internacional que amenace nuestra seguridad, sino por qué sale aquí y ahora, aprobada por un gobierno al final de su mandato, cuando hay pocas probabilidades de que pueda hacer mucho por implementarla. Sólo se me ocurre una respuesta: el gobierno desea dejar recogidas en un documento sistemático las experiencias y medidas que tomó o debió haber tomado en el ejercicio normal de sus responsabilidades en materia de seguridad, poniendo así su sello a una acción política que pretende trascender la acción de cualquier gobierno futuro, propio o de la oposición (el documento declara tener validez por diez años), y para ello le ha puesto el marchamo del Sr. Javier Solana, su redactor, que es la persona que más experiencia debe tener en estas cuestiones, ya que fue secretario general de la OTAN, y alto representante internacional de la Unión Europea.
Tengo para mí que el gobierno pretende aliviar un mal que aflige tanto a la sociedad española como a las sociedades europeas, complacidas por una paz duradera, sólo sacudida de vez en cuando por hechos traumáticos (léase terrorismo), pero que desde luego no van a cambiar el curso de la historia. Y a ese mal he sabido que le pusieron nombre recientemente tres altos jefes del ejército británico, refiriéndolo a la profesión militar de su país: ‘analfabetismo estratégico’. Sin necesidad de emplear palabras tan fuertes, sí he de reconocer que en España no hay un grado muy elevado de conciencia de las implicaciones de la noción de seguridad, ni de cómo se consigue, ni de las conexiones entre poder militar e influencia internacional, o entre desarrollo industrial/tecnológico y la seguridad nacional, etc. El documento que nos ocupa pretende llenar ese vacío, y señala “la ausencia en nuestro país de un análisis integrado de las amenazas y riesgos que nos afectan, y de nuestras capacidades de respuesta”, por lo que “Es necesario promover una mayor cultura de seguridad e impulsar la educación de los profesionales de sectores muy diversos y, en general, de los ciudadanos en estas materias”. Temo que este último propósito no sea más que la acuñación nueva de una vieja idea, la “cultura de la defensa”, que ha corrido siempre en los corrillos de la reducida comunidad “estratégica” española, y que ha servido al ministerio de Defensa, bajo todos los ministros, como viático para sus contactos con las diversas clases profesorales, intelectuales y  periodísticas.
Pero la Estrategia Española de Seguridad no es sólo un documento educativo. Es también un documento para la acción. Para la acción en algunos ámbitos concretos. Pero de esos ámbitos me ocuparé después de resumir la descripción que la Estrategia hace del contexto de seguridad global en que se encuentra España, en el que hallo puntos débiles, junto con algunos aciertos.
Así, el documento nos dice que España es una potencia media europea. Esto es una exageración. Puede que España esté en la media de las potencias europeas en conjunto, pero no es lo que se entiende por una “potencia media” en el ámbito global; por tal se entienden Gran Bretaña y Francia, que gastan cinco o seis veces más en defensa que España, o Alemania, por su estatura económica internacional; ninguna es superpotencia, pero todas ejercen una influencia de alcance mundial, que España no tiene. Seamos más realistas. En términos globales España se halla en el nivel alto de las potencias que, siendo pequeñas, son algo significativas por una razón u otra.
Una de las razones de esa significancia la identifica el documento en “nuestra situación geográfica, de gran valor geoestratégico”, lo cual es cierto pero con dos cualificaciones: la presencia de la colonia de Gibraltar en el pivote mismo de la geopolítica española, que neutraliza gran parte de ese valor, y la manía que tienen los valores geoestratégicos de mudarse de domicilio: hoy están en el Estrecho, mañana en el Golfo Pérsico, pasado mañana en Afganistán y al otro en el canal de Suez o el océano Índico.
Otro activo exageradamente valorado es la ejemplaridad de la transición española, que al cabo de 34 o 35 años queda un poco lejos para ser inspiración para la movilización, como por ejemplo las revueltas árabes de hoy día. También está la pretendida aptitud de España como ”mediador fiable” entre culturas y bloques regionales, “sobre todo en el mundo musulmán y los países hispanohablantes”, espejuelos que nos lanzan la mortecina luz de otras épocas, y que el documento quiere iluminar con su insistencia en la Alianza de Civilizaciones, entretenimiento del Sr. Zapatero desde el día uno de sus mandatos.
Pero como se trata de estrategia, vayamos a los ámbitos en que se ha de desplegar y a las prácticas operativas con que se desarrollará.
El primero es “Conflictos armados”, cuya operativa descansa en la OTAN, la Unión Europea y “una capacidad propia de defensa”. Aquí hubiera sido oportuno señalar la importancia de mantener una postura de defensa suficientemente dotada de financiación, no como ocurre en los últimos años, con presupuestos estancados o en declive, que hacen difícil alcanzar el objetivo de fuerzas armadas “polivalentes, desplegables, flexibles e interoperables”, con capacidad expedicionaria, como pretende el documento.
El segundo ámbito es el del terrorismo, planteado por ETA, grupos fundamentalistas empeñados en recuperar Al-Andalus, estados fallidos, etc. En este ámbito el documento se da por satisfecho, sin duda con razón, y cita una serie de medidas eficaces ya adoptadas.
El crimen organizado viene en tercer lugar. Su presencia en un documento de estrategia no parece estar justificada. El crimen organizado, a menos que nos convirtamos en un México o una Colombia, no merece la consideración de problema estratégico, sino de orden público.
Tampoco tiene explicación fácil la consideración de la “Inseguridad económica y financiera” como factor perteneciente a la órbita de la estrategia. Es más bien un problema de gobernación, de dirección política, de sabias elecciones sociales y económicas, materia ordinaria del día a día de empresarios, sindicatos, partidos, etc. Quizás lo único significativo en este ámbito sea la propuesta de un Sistema de Inteligencia Económica, que apoye la acción del estado.
Mayor enjundia estratégica tiene el quinto ámbito, la “Vulnerabilidad energética”, dada la dependencia española de fuentes extranjeras. El documento se siente bastante satisfecho con la infraestructura energética ya alcanzada, pero rehúye un tema que está en el corazón mismo del debate energético, el futuro de la energía nuclear. También hay complacencia en cuanto a la Protección de Infraestructuras Críticas, para la que recomienda sistemas redundantes, e independientes de otras tecnologías y operadores.
Luego viene la “Proliferación de armas de destrucción masiva”, sobre la que el documento nos da la tranquilidad de que España pertenece a todos los foros de contención de esa amenaza.
El séptimo ámbito son las “Ciberamenazas”, para hacer frente a las cuales ya disponemos del Centro Criptológico Nacional, de los Equipos de Respuesta ante Incidentes de Seguridad (Computer Emergency Response Teams), y una serie de recursos de otras administraciones y empresas, y un Plan Nacional de Infraestructuras Críticas.
Se crea un ámbito específico para los “Flujos migratorios no controlados”, que el documento reduce a la posibilidad de flujos masivos, sin entrar en la problemática creada ya por el flujo constante y no masivo (aunque es masivo en algunas comunidades urbanas), que aumenta en España desde hace años, facilitado por políticas expresas del gobierno para los inmigrantes legalmente establecidos, y precariamente controlados por el gobierno en los casos de entradas ilegales.
El último ámbito de seguridad es el planteado por “Emergencias y Catástrofes”, sanitarias, ambientales o naturales, para las que lo más novedoso es la Unidad Militar de Emergencia, y algunas mejoras en la ley de Protección Civil.
Están por último las recomendaciones operativas, que se reducen a “la coordinación interministerial”, y “la colaboración y cooperación de todos los actores que han participado en el proceso de elaboración de esta Estrategia”, lo cual es lo menos que se podía esperar, y la creación de un pequeño aparato permanente, el Consejo Español de Seguridad, formado por el alto personal dedicado a la seguridad y defensa, más los ministerios relevantes, bajo el Secretario Ejecutivo, que será el director del Gabinete de la Presidencia. Cabe preguntarse sobre la posibilidad que tiene un señor tan atareado con el día a día del presidente, para ocuparse de asuntos de tanta urgencia y gravedad, que reclaman atención constante, seguimiento incansable y experiencia muy especializada. Veremos.
Tengo para mí que el documento sufre de arriba abajo de un problema de enfoque: el meter en los cálculos estratégicos, que vienen urgidos por la amenaza real y presente, las especulaciones sobre riesgos, a los que aluden constantemente, pero que son la materia de la gobernación, o de la “gobernanza”, como dice su autor, y no de un arte tan constreñido por la metodología como la estrategia.

Antonio Sánchez-Gijón es analista de asuntos internacionales.

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